Todo lo demás

Publicado: 27 agosto, 2011 en Sin categoría

 

Al terminar la semana escucho a una tipa que dice que existe en cierta película un pesimismo un poquito forzado. Es domingo y ni estoy de resaca ni nada pero la realidad se me apelmaza como algo viscoso. Una realidad densa y un pelín asquerosa. Quizá una realidad un poquito forzada.

 

Porque la realidad es la cosa más forzada que hay. Estamos forzados a asumirla, ella está forzada a penetrar en nuestros poros hasta el último, como se suele decir. Y es obstinada y dicta lo que es bonito y lo que no lo es. Es prepotente porque nadie duda de ella ni siquiera ella misma. Es tozuda, también como suele decirse. Hasta los sueños están hechos de ella porque, si no, pues no serían. Pero hasta negar la realidad forma parte de ella, de la misma manera que Nietzsche forma parte de la Historia de la Religión. O de las religiones que, para el caso, pues eso que, en fin, qué más da.

 

Y ya digo que es último día de la semana y termina. Y que las horas vienen todas en procesión una detrás de otra. La televisión se convierte en un ente extraño absolutamente.  Atemporal, rígido, con voces e imágenes asquerosas diciendo cosas no sé si a mí o a qué. Mi estufa de aire emite un ruido muy molesto mientras va girando sobre un eje para calentar toda la habitación, estoy tentado de pararla pero no me apetece levantarme de la silla aunque me duele bastante la espalda. No es en verdad una posición nada cómoda la mía. En la silla tampoco.

 

Ha pasado un ángel, como se suele decir, y es que me he quedado en blanco. En la calle las luces de las farolas iluminan con un resplandor débil y amarillo el asfalto y las paredes de las casas, los balcones y las cornisas. No es el color natural de la calle, naturalmente y como es sabido. Pero, de alguna manera, lo es. Ya no la imagino, de hecho, de otro color a estas horas. Si cambiaran las bombillas o la intensidad o el color, no sería la misma calle. En algunos balcones se adivinan bragas de varios tallajes o tallas. En algunos, los más osados, tangas realmente minúsculos que, al entrar en contacto con la débil iluminación, parecen tangas fantasmales, como amarillos y un poquitín también, como la realidad, forzados.

 

Un gato maúlla pero soy incapaz de determinar desde dónde lo hace. A lo mejor es un aparato digital con la grabación de un maullido de gato pero esto es algo altamente improbable. Parece que sea el tipo de lamento que significa que está perdido, que busca a su madre, o que tiene hambre. Antes, al subir a mi casa, vi medio cuerpo de un gato en muy mal estado tras haber sido como aplastado por un coche. Espero que no sea la madre de este gato pero de algún gato ha de ser.

Le dije a Martín esta tarde que se comportara de manera elegante, que tratara de tener tacto con aquello. Martín sujeta la taza de café como si tocara el piano. La mantiene en el aire con gesto ausente durante al menos un minuto largo y no es violento ni forzado –como la realidad, luego, ¿no es realidad?- sino verdaderamente espontáneo, natural y sí, elegante. Mira a través de la ventana como a un punto en medio del vacío y, como no podía ser de otro modo, está lloviznando o lloviendo que, para el caso, nos da bastante igual.

 

Se acerca la taza a los labios y, primero, deja que el líquido los toque para, en seguida, dar un sorbo corto. Y deja la taza en el plato. Pone una mano encima de la otra y me mira a los ojos. Gabriel, Gabriel, Gabriel…

 

Repite mi nombre tres veces. Me gusta. Me pone nervioso y en guardia y en blanco, a partes iguales. Me incomoda también, pero no deja de gustarme. ¿Qué tendrá que decirme que ha de repetir mi nombre tres veces?

 

Gabriel –cuatro-, eres decepcionante por completo.

 

Coge la taza de nuevo, mira de nuevo al vacío y yo sé que es lo que tenía que hacer. Me parece bien. Le doy su tiempo. En realidad, lo que me ha dicho no son solamente esas cuatro palabras –ocho, si contamos mi nombre-, sino me ha dicho todo. Todo lo demás también. Me ha dicho los silencios con la taza suspendida en el aire, me ha dicho la mirada perdida como fija en un punto en medio del vacío. Y casi se podría decir que me ha dicho la lluvia o la llovizna también. Pero no por separado si no todo junto. Decir por tanto que me ha dicho sólo esas cuatro palabras –sin contar con mi nombre- hubiera sido mentir. No fue así en absoluto.

 

Pero continuó diciéndome. Volvió a llevarse la taza a los labios, inclinándola y besándola. Dejó descansar la taza en el plato y posó de nuevo una mano encima de la otra. Gabriel, Gabriel, Gabriel…

Se levantó y se marchó.

 

Entonces fui yo quien me quedé mirando las gotas de la lluvia estrellándose contra el suelo y los cristales de la cafetería. Fui yo quien, en contraste con la luz débil de las farolas, advertía cómo la lluvia crecía en intensidad. La realidad forzada lo inundaba todo. De manera pesada y pegajosa, tozuda y casi estúpida. Obstinada, prepotente, pueril y humillante.

 

Me quedé con la vista fijada en algún punto en medio del vacío.

 

Quizá sí fuera decepcionante por completo. Pero no me importa demasiado. Esta semana ha sido rara y absurda y cretina. Frívola.

 

Tengo un montón de cosas en las que pensar y sé, lo sé muy bien, que nunca, nunca, hay que menospreciar, subestimar o despreciar la determinación de un hombre. Ni la de una mujer, por supuesto. Un hombre con una determinación es lo más parecido a una bomba de relojería. En realidad, sería al revés, la bomba de relojería es lo que es lo más parecido a un hombre con una clara y nítida determinación. O una mujer, naturalmente. En verdad una mujer con una determinación es algo temible.

 

Por eso voy a seguir ampliando mi caudal de pensamiento. He de ser, si quiero ser eficaz, como un rayo láser. Concentrar todo en un punto. Estar concentrado. No logro abatir mi caudal de pensamientos, sin embargo. Pero cuando se tiene talento, no puede haber nada que lo detenga. Cuando se tiene talento y determinación todo lo demás no importa.

 

Hace un frío espeso y extraño.

Voy caminando hacia el mirador o rompeolas que es un lugar fantástico por dónde caminar cuando acaban de caer las últimas gotas de una lluvia copiosa. Con la bufanda y las manos en los bolsillos de mi larga cazadora parezco una versión pésima de Corto Maltés o el galán distraído de alguna película francesa. O un fantoche, en resumidas cuentas. El aire, eso sí, está limpio o límpido. Me apetece cerrar los ojos y caminar respirando pero cuando doy dos o tres paso los abro. No me atrevo a avanzar así aunque sé que no hay nada en frente mía en veinte metros como mínimo. Es inevitable anhelar algo en estos momentos. Alguien. Y me invento recuerdos. Me invento que estuvimos paseando así alguna vez, pero, lo que es peor, también me invento que éramos mágicamente felices. Literariamente felices.

 

Llego donde rompen las olas y veo la espuma y el ruido me seda. Es hipnótico o hipnotizante. Me quedo erguido, mirando el espectáculo y cierro los ojos y entonces sí que casi me quedo dormido. Algunas gaviotas parece que lo hacen flotando en el mar.

 

Y ya está. Así de rara transcurre la vida y los momentos que son extraños y tímidos y a veces parece que les cuesta salir. Y todo es pesimista un poquito forzado si se quiere, pero pesimista al fin y al cabo. Y vuelvo paseando con la misma bufanda y la misma cazadora larga y las manos en los bolsillos y la realidad viene detrás de mí como un perrito faldero. Terco, fiel. Quizá demasiado fiel. No me puedo zafar de ella.

 

 

 

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