Dos o tres impresiones

Publicado: 28 diciembre, 2008 en Sin categoría

 

Es muy fácil verlo todo negro y hundirse un barco un poco. Como las cosas casi nunca, por no decir que nunca, vienen ya dadas, el que no se las arregle, el que no las elabore, el que no se las componga, no tendrá absolutamente ningún problema para estar deprimido. Es de las tareas más fáciles que hay. No hagas nada, y te deprimirás.

 

A cambio, hay gente que vive enmonada, adicta a la actividad, a componérselas, a salir de los pasos y de los apuros, a comerse adversidades. Tienen que vivir con esa chispa y esa voluntariedad. Estos tipos están en las antípodas de los anteriores y despliegan ante sí una pléyade, un abanico, un mundo de infinitos y posibles controlados.

 

Hoy acabo de darme cuenta que sería mucho mejor, casi infinitamente mejor, estar cinco minutos reales, cinco minutos buenos, contigo que leer a Proust. Incluso que leer a secas. Leer es completamente accesorio, como tantas cosas. Pero los humanos somos los humanos y realmente, si lo propicias, si lo puedes ver, cada segundo es realmente mágico. Y me da igual que suene pueril porque ojalá, de verdad, daría mi brazo, ojalá, todo lo que yo dijera fuera pueril. El minuto de un niño tiene realmente sesenta segundos. Un niño nunca espera. Un niño en la sala de espera de un médico nunca espera. Juega, que es sinónimo, el más bonito, de vivir. Un niño aburrido no existe, y si existe es una atrocidad. Lo es ya en un adulto.

 

Ya dije hace poco que la única frase, prácticamente, que rescato de muchas vidas, muchos maestros, el libro de Weiss, es la de que hay que vivir una trascendencia cotidiana. Hay que hacer la cotidianeidad trascendente. Es una contradicción aparente, claro. pero haciéndolo nos estaremos haciendo el mayor de los regalos. Yo, particularmente, que es de lo que se trata, hace muchísimo que no lo hago. Mis días son absolutamente intercambiables -¡gigante error!-, no hay ninguno que se diferencie de otro, podrían quitarme siete días de la semana que viene que no protestaría. Recuerdo el viaje que hicimos a Cuenca. El haber dejado de fumar me dejó limpio, me sentía bastante transparente, y fueron tres días muy buenos. Normales, por supuesto, pero trascendentalmente normales. Recuerdo que todo me salía bien: supe ver dónde estaba el problema de la caldera, por ejemplo, y alguna cosa más que no recuerdo. Ése fin de semana yo tenía razón en todo. Una noche me quisieron gastar una broma dejándome sólo en medio del pueblo a las cinco de la madrugada. No importó absolutamente nada. Estaba totalmente en armonía con el entorno. La noche era mi amiga como hacía mucho tiempo que no lo era. Creía, absolutamente, en duendes, hadas y toda clase de seres bondadosos. El universo no era vil, como dice Pérez Reverte y lo secundo la mayoría de las veces, no estaba contra mí. El vacío no era monstruoso, al contrario, estaba preparado para mí.

 

Ya digo que para tener estas sensaciones hace falta estar preparado, hace falta propiciarlas. Tener una disposición precisa que es muy difícil de conseguir. Bien, difícil para mí, claro. No puedo evitar pensar que muchos de los que me rodean la tienen, lo cual me genera envidia, natural mente. Esto es muy difícil de averiguar, claro, porque son cosas muy abstractas que no puedes preguntar abiertamente a la primera de cambio: ¿tienes un día normalmente trascendente? Más que un día una vida. Pero quien lo tenga joder le felicito.

 

Es tocar la magia. Sentirla de verdad. Yo no sé dónde la perdí pero la perdí, y mucho. Asquerosamente. Los nervios. Esos son magicidas. Matan la magia. Un niño nervioso no es feliz. El apaciguamiento de una noche de campo escuchando los grillos sin que te duela ni la espalda. Con las palabras miedo o temor, o nervios, o ridículo o vergüenza o vacío, o malestar o falta de ubicuidad abajo, muy abajo en tu diccionario particular. Que salgan todas las demás: normalidad, sosiego, calma, gratificación, entrega, certeza, confianza.

 

Hacer la normalidad trascendete, he aquí un acto complejo pero que hay que procurar cada día.

 

En los viajes suele surgir más fácilmente. Todo es nuevo en los viajes: los paisajes, las gentes, los lugares, los actos. Por eso parece que nos hayamos transportado a otro mundo, un mundo nuevo, más mágico, que paladeamos, donde respiramos dándonos cuenta de la respitración. Y esto último no es una exageración. Es increíble cuando sales fuera extrañarte del aire que respiras. Pareces un niño con pulmones nuevos. Quién no ha dicho aquello de que el aire está más frío aquí, huele diferente, sale baho… Hablar del oxígeno que respiramos nos acerca mucho a Dios o a la espiritualidad. Es lo más lejano que hay de los celos y el dinero, por poner sólo dos ejemplos mezquinos. Y vuelves del viaje pensando que porqué no puedes seguir en tu ciudad como si estuvieras de viaje. Quedando igual con esos con los que te fuiste para hacer nimiedades, hablar del aire de tu ciudad, de sus pasos de peatones, ir a los sitios como si te fueras a ir en unos días, queriendo retenerlo todo, haciendo fotos a cosas curiosas aunque las hayas visto millones de veces. Eso sería vivir como un niño, vivir como si no te fueras a morir nunca o como si te fueras a morir mañana. Como si no hubiera futuro. Cuando uno se va de viaje no suele haber futuro. Planificamos las cosas para los pocos días que estemos y parecemos tontos diciendo que nos vamos a tomar un café pero hay que tomarlo bien porque hay que llenar ése tiempo ya que dos horas en un rango de cinco días es mucho tiempo, y no estamos para perder el tiempo. Justo es eso, hacer trascendente la normalidad del transcurrir de dos simples horas.

 

Yo estoy de viaje en mi ciudad. Tengo gente que visitar, que saludar, a la que decir eh estoy aquí, déjame entrar en tu casa que he venido a verte, me iré en unos días seguramente y quiero contarte lo bien que me lo estoy pasando, los sitios donde he ido y la gente que he visto. Quiero enseñarte fotos, por qué no, y comprar regalos para las personas que me esperan en casa. Aunque me esperen cada noche, eso ya hemos dicho que es lo de menos. Todo esto es la única forma que hay de transcender la normalidad.

 
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comentarios
  1. Roberto Ayala dice:

    Tú eres grande, amigo, amigo de toda la vida.

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