Tampoco hay que exagerar

Publicado: 17 marzo, 2008 en Sin categoría
 
 
A mediados del siglo XVII, San Carlos Borromeo escribe sus Instrucciones a los confesores, un tratado muy difundido que ejerció gran influencia durante más de dos siglos. Para San Carlos Borromeo todos los confesores tenían que tomar precauciones extraordinarias con las penitentes. Exigirán que se acerquen a confesar con la cara cubierta <<por un velo que no sea demasiado transparente. No debe hacerse la confesión sino durante el día, en un lugar descubierto de la iglesia. Además, no podrá confesarlas un sacerdote de menos de treinta años>>. El poder fascinador de la mujer sirvió para culparla de todas las livianidades masculinas.
 
¡Cuántas expectativas debía despertar esta creencia, en unas y otros! En un delicioso cuento relataba José María Pemán el último deseo de un pobre lego que había vivido desde la niñez en un monasterio de estricta clausura. <<Antes de morir -dijo al padre abad-, me gustaría ver una mujer y un tranvía.>> De ambos había oído cosas maravillosas y estremecedoras. De la mujer, su turbador aspecto. Del tranvía, su fuerza. El padre abad decidió que, ya que no podía llevar un tranvía a la celda del hermano lego, llevaría al menos a una mujer. Y convenció a doña Purificación, una oronda y devota señora, para que pasara a saludar al moribundo. Así lo hizo y cuando, después de despedirla, el abad volvió a preguntar al hermano lego su opinión, le encontró sonriente y agradecido: <<Gracias, padre, ya no moriré sin haber visto un tranvía.>>
 
 
Texto extraído del libro de José Antonio Marina El rompecabezas de la sexualidad; Compactos Anagrama, 2005.
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comentarios
  1. pili dice:

    🙂
     
    veo que tienes ocupada a tu neuronita!!!
     
    un besito congelado!

  2. circe dice:

    jajajajja…qué bueno….historia real o……de invención propia…

  3. Luisillo dice:

    Esas comentaristas habituales, qué haría yo sin vosotras. Pues la historia la cuenta José Antonio Marina en El rompecabezas de la sexualidad, tampoco es que sea suya, es de un cuento de un tal José María Pemán… Pero vamos, que tampoco me extrañaría nada que ocurriera algo así realmente, el hombre lleva toda su vida pensando que una mujer es poco menos que Dios, así que cuando le llevan a una cincuentona del pueblo oronda y rebosante, pues lo identifica con el tranvia, animalet…
     
    tengo la neuronita disparada sí, está rebotando entre las cuatro paredes craneales, luego ya vendrán los largos períodos en huelga… feliç san josep i que tingueu una setmana santa piatossa. (no me bebáis mucho ni golfeéis por ahí jeje)

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