Sympotos

Publicado: 23 noviembre, 2007 en Sin categoría
 
 
Después de esto, prosiguió Aristodemo, una vez que Sócrates se acomodó y terminaron de comer él y los demás, hicieron libaciones; y después de entonar el canto en honor del dios* y de cumplir con los demás ritos, se dispusieron a beber. A continuación -añadió-, Pausanias comenzó a hablar poco más o menos así:
 
– Y bien, señores, ¿de qué modo beberemos más a gusto? Yo, por mi parte, os digo que verdaderamente me encuentro muy mal por lo que bebimos ayer y necesito un respiro. y creo que asimismo la mayoría de vosotros, puesto que estuvisteis también en la fiesta. Mirad, por tanto, de qué manera podríamos beber lo más a gusto posible.
 
Entonces, intervino Aristófanes.
 
– Tienes, sin duda, razón, Pausanias, en lo que dices de preparar, a toda costa, un modo de beber soportable, pues yo también soy de los que se empaparon ayer.
 
Al oirles hablar así -prosiguió Aristodemo- medió Erixímaco (éste es médico, como su padre), el hijo de Acúmeno:
 
– Ciertamente decís bien, pero os pido que escuchéis a una persona más, a Aatón, con qué fuerzas se encuentra para beber.
 
– Con ninguna -replicó éste-; tampoco yo estoy con fuerzas.
 
– Sería, según parece -prosiguió Erixímaco-, un verdadero don de Hermes (es decir, una suerte inesperada) para nosotros, tanto para mí como para Aristodemo, para Fedro y para éstos el que vosotros, los más resistentes para beber, estéis ahora desfallecidos. Nosotros, es cierto, siempre somos flojos bebedores. A Sócrates, en cambio, no lo tengo en cuenta, pues es capaz de lo uno y de lo otro, de suerte que se conformará con cualquiera de estas dos cosas que hagamos. Pero, ya que me parece que ninguno de los presentes se encuentra inclinado a beber mucho vino, tal vez si yo dijera ahora la verdad sobre qué es el embriagarse resultaría menos desagradable. Creo, efectivamente, haber llegado por el ejercicio de la medicina a la evidencia de que la embriaguez es perjudicial para el hombre. Así, ni yo mismo querría de buen grado beber más de la cuenta, ni tampoco se lo aconsejaría a nadie, especialmente cuando todavía se tiene la resaca del día anterior.
 
– Bien es verdad -dijo Fedro de Mirrinunte interrumpiéndole, prosiguió mi informador- que yo personalmente tengo por costumbre hacerte caso, sobre todo en lo que dices de medicina, pero ahora, si meditan bien, te obedecerán igualmente los demás.
 
Oído esto, acordaron todos que no se emborracharían durante aquella reunión y que se limitarían a beber lo que fuera de su agrado.
 
– Pues bien -dijo Erixímaco-, una vez que se ha aprobado que se beba lo que cada uno quiera y que no haya coacción alguna, propongo a continuación que se mande a paseo a la flautista que acaba de entrar -¡que toque su instrumento para ella sola, o, si se quiere, para las mujeres de dentro!- y que nostros pasemos la velada de hoy en mutua conversación. Y, si no tenéis inconveniente, estoy dispuesto a proponeros qué clase de conversación ha de ser ésta.  
 
 
¡Qué jodíos, los griegos! En un texto tan célebre como El banquete que es de donde saco esto, aquí los tenemos, decidiendo cuánto van a beber cada uno. Han pasado dos mil quinientos años y seguimos igual… jajaj Mola imaginárselos discutiendo cuánto vino van a beber, y luego pegarse la charraeta. Los griegos, como luego harían los romanos, dividían el banquete en dos partes, lo que viene siendo la comilona deipnon o syndeipnon  y luego el bebercio, el potos  o sympotos, de ahí lo de simposio, que era pegarse la tajá padre. En realidad, era el anfitrión el que organizaba el programa, e indicaba la cantidad de agua que había que añadir a la mezcla. Primero, se tomaban un copón sólo de vino y se lo dedicaban a la divinidad, Dionisio o Zeus, y luego, una vez limpia la estancia de los restos del syndeipnon, mantenían estas charlas o discursos, que con Platón han sobrevivido venticinco siglos. Es curioso cómo han despachado a la flautista, con qué desprecio, y es que los griegos estaban un poco cruzados de acera, en general. De hecho, estos discursos en concreto hablan del amor, y normalemnte se refieren a amantes varones, los jodíos. Estos banquetes, además, solían acabar en verdaderas orgías, empinaban el codo mogollón y Fedro ven pacá que te cojo o Erixímaco quítate la túnica que voy pallá… Los romanos siguieron con estas costumbres, comían y bebían reclinados en los triclinium, y era normal que vomitaran varias veces y siguieran comiendo y bebiendo. En Caballo de Troya, Juanjo Benítez cuenta cómo Pilatos se pilla una buena, vomita con la ayuda del eunuco que le sujeta la cabeza, y luego se limpia con su melena… el tío guarro. Y dicen que Alejandro Magno bien podría haber muerto por estas causas. Le dieron una copa enorme hasta arriba, después de haber estado varias horas bebiendo, el tío se la bebe de trago y luego se mete en el mar, y claro, le da un yuyu…
 
Y nada más, sólo me parecía muy interesante que en un texto como éste, que lo han leído desde San Agustín, hasta papas, pasando por todos los filósofos y ñlas mentes más preclaras de la Historia, dedican tanto cuidado y esmero en preparar la cocida, me llama la atención.
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